La nueva pandemia – AlMomento.net

POR CESAR POLANCO REYNOSO


El origen de la palabra trabajo proviene del latín tripalium, este era el nombre que recibía un instrumento de tortura formado por tres palos a los que se ataba al reo. Luego con el tiempo, esta palabra mutó a Tripaliare y se extendió como sinónimo de torturar o sufrir, posteriormente con significado de esfuerzo.

Los romanos llamaban al trabajo labor, y de ahí que en nuestra lengua encontremos todavía términos como laboral, laborioso, elaborado, laboratorio, colaborar, entre otras. Como podemos observar, nuestro pasado marca una importancia significativa en nuestra costumbre.

El año 2020 le ha dejado un sabor amargo a la humanidad no solo por el virus que ocasiona la Covid-19 sino también por la mayoría de los acontecimientos y eventos desafortunados que se han ido sumando a la larga lista de noticias negativas que mes tras mes nos deja con un sabor amargo en el paladar. De hecho, las repercusiones aún no se han sentido al 100%.

Desde la intromisión mediante el ataque aéreo con un dron por parte del gobierno Estadounidense a Irán, hasta un rebrote de la susodicha pandemia proveniente de China que aún nos aqueja y que en las predicciones más optimistas dejaría de ser un problema para el 2022.

Pero como hemos ido aprendiendo, a medida que el año avanza, cada mes trae una sorpresa y la prevención se ha convertido en la medida idónea para el combate. Las situaciones que ocurren a diario producto de la histeria colectiva, se viven por la incertidumbre que nos trae no poseer el control de una determinada situación y precisamente ese pensamiento se encuentra en la mente de muchos dominicanos al momento de percibir la reducción considerable de sus ingresos o perder su empleo.

Gran parte de los sectores laborales formal e informal han reducido de manera considerable sus aportes socioeconómicos producto de los acontecimientos mencionados.

Si nos enfocamos en el sector laboral, muchos de los empleados de distintas empresas se han unido forzosamente a los programas de FASE, otros no han corrido con esa suerte y, los que aún no pierden su trabajo, han visto cómo de manera indiscriminada aumentan sus labores ganando el mismo salario.

¿Estamos haciendo lo suficiente?

Nuestro país se suma a una escasa lista de naciones que han implementado una gran cantidad de medidas económicas en favor de salvar el motor de sus economías.

En esta lista se encuentran Chile, Argentina, España y Francia.  Sin embargo, a diferencia de nuestros acompañantes en el podio, el motor principal que sustenta a nuestra maquinaria económica es el turismo, para el cual aún no se tiene una fecha exacta de cuándo volverá a ser restablecido con un alcance a nivel mundial.

Por lo que la respuesta a nuestra pregunta anterior es incierta. De hecho, pocos pueden predecir lo que ocurrirá en el futuro próximo y esto, amenaza la mente y los mercados de potencias con mayor poderío económico que el nuestro.

En consecuencia, las medidas que implementan algunos países de mayor jerarquía económica deberán de ser observadas con detenimiento. En lo que sí podemos concentrarnos de manera eficaz y sostenible es en la prevención de escenarios presentes.

¿Qué nos traen las problemáticas laborales anunciadas al principio de este artículo?

La respuesta parece simple si la vemos desde nuestro privilegio, pero se vuelve compleja al momento de aplicarlas a nuestras propias circunstancias como individuos y más aún cuando lo abordamos como nación.

La primera problemática a la cual podemos hacer mención es el cambio radical de las funciones laborales. Hoy en día se abre una brecha abismal entre lo análogo y lo digital, creando mayores desigualdades para las generaciones pasadas que aún no se habían adaptado a los cambios de las nuevas tecnologías que, hoy en día, gracias a la pandemia, son de primera necesidad.

Otros, se enfrentan a la incertidumbre de un mercado laboral que debido a diversos factores como la inflación y la rápida subida de la tasa del dólar se ven forzados a tener que trabajar desde una fuente de ingresos que no les alcanza para poder subsistir.

Para la gran mayoría, la cantidad de dinero percibido hace apenas 8 meses quizás daba para pagar las cuentas y ahorrar, pero la inflación los vuelve a dejar en la misma situación económica que los que se enfrentan a las desigualdades mencionadas.

Esto nos trae un nuevo problema económico que no es simple y que aún no nos acorrala debido a la lentitud milagrosa de adaptación a las nuevas tecnologías de nuestro sistema de justicia. ¿Más problemas?

En principio, sí: está perdida de sostenibilidad en el ingreso percibido por los trabajadores los empuja con cada día que pasa a una situación de incertidumbre donde el pago de sus obligaciones económicas se vuelve cada vez más incierto.

Lo que no es incierto son las consecuencias que se producen de los incumplimientos de pagos de las deudas contraídas en época de bonanza y que a principios de la pandemia fueron paralizadas con la materialización de medidas económicas que aliviaron en un principio la carga de los intereses y las moras generadas por la falta de pago.

Lamentablemente en situaciones de incertidumbre económica como la que vivimos, sumados a la quiebra de diversos negocios que no son de carácter primario en situaciones de emergencia pero que, sí producían valor en épocas menos adversas, traen consigo una situación más caótica que el covid-19.

Nos referimos a los embargos y desalojos, situaciones que por sí solas crean mayor estrés y posiblemente un escenario de mayor desigualdad económica que lo que hayamos experimentado en las anteriores crisis económicas.

Creer que tenemos aún la solvencia económica suficiente para mirar a un lado y hacerse de la vista gorda con este problema, es querer detener una bala con una mano y aunque por más que nuestros sistemas económicos “modernos” nos hayan convertido en una economía capitalista salvaje.

 La realidad, si es que queremos afrontarla, es que para cuando se terminen los periodos de gracia otorgados por la banca privada de manera particular y el poder judicial vuelva a su estado de normalidad o por lo menos a trabajar a la mitad de su anterior capacidad, la avalancha de demandas por desalojo y embargos por falta de pago crearían una congestión aún más grave para poder ser resueltos por nuestra débil justicia.

De hecho, en los Estados Unidos ya se había previsto este tipo de situaciones que ponen en riesgo el derecho de propiedad de los adquirientes de viviendas. Más de 20 millones de personas se quedarán sin hogar por falta de pago de alquiler.

Esto, sin lugar a dudas, traería consigo una situación de gravedad incalculable, razón por la cual la administración actual ha decidido suspender hasta el año 2021 los desahucios en este país y, aunque esa medida no es una garantía de pago a futuro, debido a que esta no previene que los que se acojan podrán pagar sus obligaciones en el próximo año.

Indiscutiblemente, flexibiliza la situación para que se sigan creando conjeturas de cómo poder solucionar la misma a largo plazo.

Con esto no anunciamos que deberíamos de copiar a carta cabal las medidas tomadas por otras naciones. De hecho, lo ideal sería ajustarnos a nuestra propia realidad y quizás tomar acciones que en el largo plazo nos lleve a una solución sostenible.

Lo que sí debemos de tomar muy en cuenta es la temperatura del tema que se está tratando de prevenir en la primera potencia del mundo y proteger una de las políticas que mayor efectividad han tenido en los últimos años en nuestro país, que es la promovida por la ley 189-11 para el desarrollo del mercado hipotecario y el fideicomiso en la República Dominicana, creada durante el gobierno del expresidente Leonel Fernández y muy bien utilizada durante la gestión anterior.

De nada nos servirá lo avanzado durante años en materia de protección al derecho de propiedad con la creación de viviendas de bajo costo si no protegemos a los adquirientes de las mismas, aunque sea por un breve espacio de tiempo.

Algunos bancos de manera responsable en nuestro país han tomado medidas que buscan apaciguar la carga económica de sus clientes, sin embargo, la nueva administración debe asumir mediante algún tipo de regulación económica el desastre que se avecina, pero sobre todas las cosas, no permitir que la banca sea juez y parte de lo que posiblemente podría ser un negocio muy lucrativo de reventa de bienes muebles e inmuebles producto de la Covid-19, algo muy similar a lo ocurrido en la crisis del 2008.

Permitámonos, con tiempo, prevenir este escenario distópico que se nos está a punto de presentar como país, haciendo de la prevención, nuestra mejor arma frente a la incertidumbre de la nueva pandemia que se avecina.

En palabras del antiguo filósofo romano Séneca “Nada se parece tanto a la injusticia como a una justicia tardía”.

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