OPINION: Una Constanza sin descubrir: Sabana de San Juan, en Azua

EL AUTOR es comunicador. Reside en Santo Domingo.

AZUA. – Hubimos de llegar a Sabana de San Juan con ayuda para los niños. Luis Naut, Simón Bolívar Filpo, la bien ponderada civilista, Juana Diaz. Llegamos a conocer un lugar que al menos yo no conocía. Era un paraíso. Una Constanza sin descubrir. El paparazi Ramón Antonio Minyety no pudo ir al viaje por razones de compromisos personales. Luis Naut me había advertido que descubriría algo en mi vida que jamás había visto, acariciado, abrazado y así fue.

Un silencio sepulcral dominaba la panorámica celestial de esa Sabana de San Juan en el pico de la Cordillera Central. Nos encontramos con un gentío humilde, sanos, llenos de bondades que se han perdido en el llano del país. Conocí niños y niñas, millonarios de lombrices y multimillonarios de andar descalzos a lo largo de más de 12 años. Me sentí muy mal; lloró mi corazón de impotencia.

Una multitud de muchachos que no conocen ni la ciudad de San José de Ocoa que es la ciudad más cercana de esa serranía. Niños con la dentadura llenas de caries y sin ninguna esperanza. Con la boca llena de sarro. Miré a lo lejos donde había vivido por tantos años mirando como los que viven en esos lares deberían cooperar para ayudar a estos muchachos necesitados. Allí con un frio en 5 y 12 grados no se puede aplicar el dictum “desdichados los que duermen en la mañana”, allí todos se preparan para irse a la faena de trabajo desde las seis de la mañana con quizá beberse un sorbo de café o de jengibre.

El licenciado Luis Naut se sentía alegre al regresar a unas tierras que conocía desde tiempos ha. “Aquí parece que la gente no se muere”, dijo como recordando sus años de niño en Azua. Cuando le pregunté donde quedaba el camposanto, me afirmó con fruición evangelística: “aquí no existe cementerio”. Yo con mis ojos ditirámbicos quedé pasmado. Todos los que viven allí nacieron para vivir eternamente. Luis Chito Naut en ese momento me hizo recordar a Lope de Vega cuando dijo en una ocasión “quien mira lo pasado, lo porvenir advierte.”

A esas sabanas solamente llegan los valientes. Hay que amar mucho a esos pueblerinos que viven como se dice a la buena de Dios. En ese pobladito nadie se cree que tiene a Dios agarrado por las mangas. Entienden muy bien que cuando Dios no quiere, los santos no pueden.

Un niñito de seis años llamado Joel que me recuerda mi lejana figura de niño escuchaba todas las conversaciones nuestras. Y luego de escuchar nuestras quejas y luego de recibir algunas mochilas con su Biblia dentro, Joel nos dijo: “Dios anda a veces por callejones”, como queriéndonos decir que la misericordia divina no tenía lugares predilectos. ¡Cuántas verdades encerradas en aquella frase de ese niño!

La conversación se extendió en el diálogo de lo que hacía falta en ese lugar. Eran tantas cosas que al menos a mi me afectaba emocionalmente. El oxígeno en el pico de la Cordillera Central se trataba de ir, al escuchar tantas necesidades de esos pobladores ante la indiferencia de tanta gente que cruzan de cuando en cuando por esos inhóspitos lugares. Luis “Chito Naut”, el poético, el guerrillero oculto de la fe me miraba en la lejanía como diciéndome “¿no querías pan? ¡Come casabe!

Joel como que se encariñó con Chito, porque Chito tiene el don de gente con los niños. Y en una de esas frases milenarias a Chito se le zafó aquella de “Dios aprieta, pero no ahorca”, como queriendo decirle a Joel que había que tener optimismo ante la desgracia. Que el poder divino ayuda por mas adversa que sea la situación.

Ante el ruido ensordecedor de todos los motores del Rally de la Frontera que comenzaba a pasar por allí a toda velocidad a ese niño de seis años le salió una expresión tan natural que a mi me dejó sorprendido. “Dios come corazones.” Como queriéndole decir a Chito y a mi que la Divinidad valora la buena intención de los humanos.

Luego de repartir todo lo que teníamos decidimos regresar al mundo de los humanos y dejamos en el Más Allá aquellos que no tienen ni un cementerio donde los entierren con la promesa de que volveríamos. ¡Y volveremos!

Aprendí ese día que nadie que se encuentre con Joel ha de permanecer impasible. Mas tarde o más temprano habrá regreso. Es cuestión de que la pandemia se aleje. Es cuestión de tiempo, Joel. Del tiempo de Dios. Tu bicicleta está asegurada como han prometido varios amigos y miembros de la Fundación Misionero Efrain Raimundo en la República Dominicana.

Nos íbamos alejando de aquel paradisiaco lugar mientras que como un torbellino los vehículos del Rally de la Frontera pasaban por allí como si nadie existiera en su alrededor. Cuando comenzamos a descender de la Cordillera recordé a un loco llamado Erasmo que le decían el filósofo: “La forma más elevada de dicha es vivir con cierto grado de locura.” Y escuchar aquel Luis “Chito” Naut susurrar aquella vieja canción evangélica: “Nosotros somos los hijos de Dios.”

JPM

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