
Una sociedad puede prosperar si existe un nivel razonable de confianza en las conductas ajenas. A más nos podemos fiar de los demás, más podemos avanzar. Cuando uno tiene que cuidar la retaguardia, cuando el problema es el ‘fuego amigo’, los esfuerzos pueden terminar por ser totalmente inútiles (“Hay profesionales del absentismo: el 7% acumulan el 50% de las bajas”).
Todos esperamos que quien nos promete un servicio no nos mienta, que quien ve nuestras pertenencias no se las lleve, que quien nos ofrece algo sea real. Si ese nivel de confianza falla, mal vamos.
Los modelos de asistencia social son especialmente sensibles a la mentira. No hay mucha gente que se niegue a apoyar a los indefensos, a los vulnerables, a los enfermos, pero tampoco hay mucha gente dispuesta a financiar estas situaciones a cambio de que sean mentiras, robos. Si una persona se enferma, todo el mundo acepta que cobre su salario y se quede en casa hasta que se mejore. Pero ha de ser verdad (El absentismo está en niveles “tremendamente preocupantes”).
Desde hace ya tiempo, en varios sectores económicos, entre ellos los negocios turísticos –y, por supuesto, el sector público– el absentismo, las bajas no justificadas, el engaño, se ha instalado. Claro que puede ocurrir puntualmente que en una empresa su plantilla tenga más bajas de lo normal, pero a la larga, los porcentajes estadísticos de bajas siempre son similares.
Desde ya hace un tiempo, unos años, muchos negocios denuncian un constante aumento de las bajas no justificadas, del absentismo. Si eso se mantiene en el tiempo, y se mantiene, no es casual: es fraude. Ese fraude a los demás, a la sociedad, tiene su precio: inicialmente, los compañeros han de sufrir un exceso de trabajo; en un segundo momento, la empresa padece un empeoramiento de los servicios; pero a la larga podemos llegar a encontrarnos con un cuestionamiento generalizado a las políticas sociales, simplemente porque algunos de los beneficiarios rompieron su obligación de honestidad con la sociedad, quisieron engañarnos a todos y, al final, han destruido el modelo que, por supuesto, se basa en la confianza.
No les hacen daño a sus compañeros, ni a su empresa, ni a su sector, ni a la imagen de su negocio, sino a sí mismos, a la sociedad, a todos. Destruyendo la confianza destruyen al país, lo que se ha conseguido con mucho trabajo.

