
Durante años, la izquierda y el ecologismo de Mallorca defendieron con tremenda virulencia que permitir un turista más equivalía a destruir la isla, a no amarla y a todas las maldades imaginables. Hubo manifestaciones porque un hotel ampliaba unas pocas plazas y nos explicaban que eso significaba más infraestructura de agua, más consumo eléctrico, más carreteras, más aeropuerto, etcétera. En lo esencial, era verdad, aunque la cosa no iba de unos pocos visitantes más o menos (Caeb: “Nada se conseguirá reduciendo turistas en las islas”).
Alrededor de 2012 y 2013, durante el mandato de José Ramón Bauzá, del Partido Popular, se extendió el uso de Airbnb. Y todo el mundo en Mallorca vio que las casas de los pueblos, aquellas que hoy no se usan todos los días, bien podrían convertirse en hoteles, con unos ingresos que a nadie desagradarían. Bauzá no legisló sobre esto y quedó la patata caliente en la mesa de Francina Armengol, del PSOE, y de sus socios ecologistas, Més.
Y ellos legalizaron cien mil plazas. Los mismos que nos contaban que no cabía un turista más, los que decían que quien permitiera un visitante más era porque no quería la isla, aprobaron cien mil plazas adicionales. De la noche a la mañana, estos cien mil turistas adicionales ya no consumían territorio, ni agua, ni luz, ni requerían de más infraestructuras. Y a vivir. El Partido Popular, en la oposición por entonces, hubiera sido aún más permisivo, pero no mandaba (Mallorca: descubren miles de anuncios sin licencia visible en Airbnb).
O sea que la sociedad de Mallorca permitió que a las 300 mil plazas de alojamiento hotelero se le sumaran 100 mil más legales. E infinidad de plazas ilegales más porque nadie controló nunca nada y porque en este tema el fraude es extremadamente fácil. Esas 100 mil plazas no se edificaron, con lo que no iban a tener tanto impacto ambiental: ya existían, sólo se retiraron del mercado de alquiler tradicional, lubricando el problema de la vivienda que tenemos ahora. Y generando un caos con los coches de alquiler porque a estos turistas usted no los transporta en autocares, como los que van a los hoteles.
Eso ha ido acompañado de un fuerte aumento de la inmigración, legal e ilegal, mano de obra para atender este turismo. Pero, como Mallorca es una isla con políticos ecologistas, no se aumenta el suelo edificable y por lo tanto hay mucha más demanda de pisos y no hay más oferta. Encima, retiramos la oferta de Airbnb. Una bomba.
Esa es la sociedad que en buena medida ahora está horrorizada por que esas viviendas están ocupadas. Los turistas pagan la estancia y, encima, quieren venir y ocupar las plazas alquiladas. Y eso se nota.
Los mismos partidos políticos que aprobaron esas viviendas vacacionales son los que ahora se manifiestan contra tanto turismo. Porque no iban a ir a las elecciones de 2027 sin ninguna bandera. Y esta, además, es real. Sí hay muchísima gente en Mallorca, parte de la cual está también en invierno, porque son los nuevos residentes inmigrantes. Por algo las autopistas están saturadas, pero también en enero, cuando no hay turismo.
La sociedad mallorquina tiene un planteamiento bastante simple sobre el turismo: que no haya más turistas, salvo los que vienen a mis propiedades, que son muy pocos y que no se notan. El problema son los demás.
El Partido Popular, que gobierna actualmente, sabe que hay un problema. Y por eso hizo una mesa de diálogo sobre el tema, pero la disolvió sin hacer nada porque decida lo que decida podría perder algunos votos. Así que al final los únicos sospechosos de saturar Mallorca son los peninsulares (que no votan en Baleares) y a quienes se les prohibirá viajar en coche, los renta-car que no tienen ni sede ni filial en las islas, y Aena, ahora que mandan los socialistas.

