
La estrategia iraní busca crear un escenario de caos regional que haga insostenible la continuación de la ofensiva occidental, y al atacar aeropuertos civiles, hoteles e infraestructura turística, pretende que el coste económico y reputacional para los países del Golfo Pérsico, como Emiratos o Qatar, sea tan elevado para Dubai o Doha, que estos presionen a Donald Trump para, según La Razón, detener las operaciones (Irán pone el foco en atacar al turismo de Dubai).
Los saudíes, de acuerdo al diplomático Gustavo de Arístegui, presentaron a Washington «pruebas fehacientes de que el régimen iraní estaba ganando tiempo en las negociaciones, arrastrando los pies como ha hecho siempre, y les dijeron con meridiana claridad: este es el único momento, la única ventana de oportunidad que se va a abrir para derrotar a este régimen».
«Con los ataques a todos los países del Golfo, Irán ha querido enviar un recado quienes hayan podido bendecir, facilitar o condonar la operación y con ello ha coronado una estupidez estratégica mayúscula. Se puede intentar luchar contra uno o algunos vecinos. Es un suicidio enfrentarse a todos, que además son aliados de los EE UU, tienen fuerzas armadas ultramodernas y están armados hasta los dientes», señala.
La inmensa impopularidad del régimen, con las calles iraníes celebrando la muerte de Alí Jamenei con gritos y festejos, no va a aceptar fácilmente un nuevo Líder Supremo cortado por el mismo patrón, pero «Occidente debe resistir la tentación del exceso de optimismo», aunque por primera vez en cuarenta y siete años, el pueblo iraní tiene ante sí «una ventana —estrecha, peligrosa, incierta— hacia la libertad».
La parte fanática del régimen, que no va a rendirse fácilmente, tiene un entramado con la Asamblea de Expertos, el Consejo de Guardianes, la Guardia Revolucionaria (IRGC), las milicias Basij —450.000 mil fijos enfervorecidos y varios millones de voluntarios que forman la infantería ideológica del régimen—, el Poder Judicial, la Fiscalía, los ministerios de Inteligencia, Defensa e Interior, y las Fundaciones Religiosas que dependen del IRGC y controlan un porcentaje enorme de la economía nacional.
No obstante, el secretario de Estado de EE.UU., Marco Rubio, descartó este lunes que su objetivo sea un cambio de régimen, aunque fuera un deseo, alejando así la opción de una guerra muy prolongada, y ciñendo sus metas a «negarles la capacidad de usar misiles balísticos para amenazar a sus vecinos, a nuestras bases y a nuestra presencia en la región».
«Por eso estamos haciendo lo que estamos haciendo ahora, y aunque nos gustaría ver un nuevo régimen, la realidad es que, sin importar quién gobierne ese país dentro de un año, no tendrá estos misiles balísticos ni estos drones para amenazarnos», detalló.
«Nuestro objetivo es destruir sus capacidades de misiles balísticos y su capacidad para fabricarlos, así como la amenaza que representa su armada para el transporte marítimo mundial», añadió Rubio, que afirmó que a Washington no le «importaría» que el régimen Ayatolá se viniera abajo tras los ataques y dijo que el Gobierno de Donald Trump espera que «el pueblo iraní pueda derrocar a ese Gobierno».
«No sé cuánto tardará. Tenemos objetivos. Vamos a seguir así mientras sea necesario para alcanzarlos, y los alcanzaremos: El mundo será un lugar más seguro cuando terminemos esta operación», explicó el responsable de la diplomacia estadounidense, en línea con lo expresado por Donald Trump y su secretario de Defensa, Pete Hegseth, dejando claro que el objetivo de la operación no es la caída del régimen, sino un acto de autodefensa ante “47 largos años” de una “guerra salvaje y unilateral contra EEUU».

